Fuselaje Pùrpura - El Príncipe y Herman Klang

l músico uruguayo, conocido en el under como El Príncipe, editó en vida un solo disco, El recital, y murió al año siguiente. Pero sus canciones empezaron a circular de boca en boca. Ahora a instancias de Klang se publica Fuselaje púrpura, que reúne material de los años 90.

 

reseña escrita por Sergio Sánchez en Página12

https://www.pagina12.com.ar/164166-un-culto-al-principe-que-no-llego-a-rey?fbclid=IwAR2gIK67KgfnPAv-pKqa9dQv2GAhy91KgHrt-wCJ53da6opK0SffgGq8-6w

¿Cómo es posible que se pueda seguir componiendo, cantando y creando después de la muerte? ¿De qué cajón mágico siguen apareciendo canciones? 

¿Desde qué plano no terrenal ni tangible nos habla El Príncipe? Lo cierto es que el uruguayo Gustavo Pena sigue mostrando nuevas canciones. O, en verdad, viejas canciones que no se conocían. El músico falleció en 2004 con poco y nada de reconocimiento artístico, pero años después su música empezó a circular de boca en boca –o de guitarra en guitarra– especialmente a través de músicos argentinos y uruguayos. Y hoy es notoria su influencia en la canción rioplatense. Fue clave, en este sentido, el trabajo de su hija, Eli-u, que empezó a recuperar grabaciones caseras, las digitalizó y las organizó en discos según la época/periodo, para su descarga gratuita (imaginandobuenas.com.uy). Porque El Príncipe en vida solo editó un disco, El recital (2003).

  La novedad ahora es la publicación de un nuevo conjunto de canciones inéditas. Esta vez, el encargado de convidar el tesoro es el pianista y compositor uruguayo Herman Klang, quien fuera uno de los socios creativos de El Príncipe a mediados de los noventa. Editado por el sello Los Años Luz, Fuselaje púrpura es un disco de canciones construidas principalmente a piano y voz, más algunos otros instrumentos de base (bajo y batería). Son grabaciones registradas entre 1995 y 1997 en un portaestudio que Klang rescató y terminó de darle forma de canciones. Algunas composiciones estaban más definidas y otras más inconclusas. De aquella época, recuperó las voces nítidas de El Príncipe y acomodó algunas tomas originales de su teclado. “Y reemplacé los bajos y baterías que yo programaba en mi teclado del año 1995 (un Yamaha SY99) por instrumentos reales. Y agregué y reemplacé sintetizadores, pianos, guitarras, siempre que resultara pertinente y se mantuviera el espíritu del disco que debimos haber sacado en aquel entonces”, cuenta Klang.

“Yo trataba de hacer canciones con el teclado, pero no me salía nada. Pero cuando El Príncipe entró a venir a casa, le mostré cosas, se re copó y empezó a trabajar con eso que estaba haciendo. Eran demos, no sabíamos qué íbamos a hacer con eso. Él solo grababa voces. Me abrumaba un poco la velocidad que tenía para resolver temas, se le ocurrían cosas en minutos y las grababa en seguida”, recuerda el músico, quien en ese momento tenía veintipocos años.

¿Pero qué lo motivo a publicar este material después de más de veinte años? El Príncipe, desde el más allá, le dio una señal clarísima. Hace un par de años se le apareció en un sueño y, con una sonrisa tranquila, le dijo: “‘Bo, tenés que sacar el disco nuestro’ (como diciendo ‘¿no ves que estás gileando?’) ‘Es más, ponele Fuselaje Púrpura’”, explica. “Siempre me pesó tener guardado este material, sabía que en algún momento quería editarlo, pero no sabía cuándo ni cómo. Pero el impulso me lo dio ése sueño que tuve”, confiesa el pianista uruguayo.

Fuselaje púrpura, álbum póstumo de un artista inclasificable.

Fuselaje púrpura, álbum póstumo de un artista inclasificable. 


Imagen: Gentileza: imaginandobuenas.com.uy

El disco contiene canciones inéditas compuestas a dúo, otras que circulaban con baja calidad de audio (como el clásico “Suerte y amor”, que acá se luce en una preciosa versión despojada a piano y voz) y cuatro canciones que se habían dado a conocer con la banda Malena Morgan en el disco Cómo (2000): “Pim pom”, “Tarántula”, “Qué tal” y “Rosa Pérez”, pero que no le hacían justicia a las versiones originales.

“Yo entendí con este disco algunas cosas que pasaron –contextualiza Klang–. Yo era muy chiquilín y en ese momento quería armar mi propia banda con unos amigos, que resultó ser Malena Morgan. Entonces, se me generó un conflicto, porque cosas que yo estaba componiendo para esa banda, venía El Príncipe y las dejaba muchísimo mejor. Yo no sabía qué hacer. Y terminé juntando las dos cosas y fue una mala decisión. Porque estropeé el trabajo colectivo de Malena Morgan, que se sintió acelerada en su proceso por la participación de un compositor más maduro y, por otro lado, el dúo con El Príncipe se vio resentido porque los temas pasaron por el tamiz de la banda y cobraron una forma que no era la original. Y recién ahora me doy cuenta que El Príncipe se enojó conmigo por eso”.

Como en toda la obra de El Príncipe, las canciones exceden los géneros. El disco, producido junto a Santiago Montoro, abre con la experimental “Desesueño” y sigue con “Hey nena”, una especie de funk, ambas inéditas hasta ahora. Los teclados de Klang, que van del jazz a la psicodelia, encuentran su mayor soltura en el mántrico “Jardines de Castillo”. Y logran potenciarse con la voz carismática y algo herida de Pena, que puede llegar a niveles altos de intimidad y dulzura (como en “Hazinha” o “Suerte y amor”) y a la vez mostrarse electrizante, deshinibida y lúdica (en “Rosa Pérez” o “Tarántula”).

Hay, también, una bossa-samba titulada “Qué”, en versiones cantada y karaoke (con la participación de Martín Buscaglia en guitarra) y una pieza instrumental de Klang, “Penegírico onírico”, de ésa época, al igual de las risas de El Príncipe que se escuchan de fondo. La única canción en la que Pena grabó guitarra fue en “Tira el celofán”, de su autoría, que funciona aquí como bonus track. “Tendría que haberlo grabado más en ese plan”, se lamenta Klang, para quien, de algún modo, publicar este disco significó cerrar un círculo.

Entre las canciones, hay tres separadores con la voz de El Príncipe que le dan un tono más espontáneo y cotidiano al disco, casi como si el oyente viajara en el tiempo y estuviera presente en la cocina de la grabación. Porque lo que hizo Klang fue tender un puente entre el pasado y el presente. “Los dos nos sentimos sumamente mancomunados cuando hicimos esto, estábamos exultantes. Por algo El Príncipe conectaba tan rápido con lo que hacía, tenía una conexión visceral con la música”, revela el pianista. “Tenía una lucidez selectiva. En lo artístico era increíblemente lúcido pero no se trataba bien, tenía un enojo muy grande que a veces dirigía hacía sí mismo; se nota mucho en su música eso. Pero lo más valioso que tenía era su imaginación”.

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